
Cuando sientes extraña a la gente que te rodea y te solicita.
Momentos en los que miras al otro según te habla y no te importa.
Momentos en los que recuerdas otros momentos.
Deseos de que la vida sonría.
De que el corazón no tiemble ni se note.
De que el cuerpo se tranquilice y vuelva la paz.
Y la sonrisa aparezca sin llamar ni forzar tu puerta.
Silencio obligado... maldito ser.
Esa fortaleza tuya, conseguida con esfuerzo y heridas, parece que se agota.
Te está dejando.
Tú, que siempre creíste que levantarse de las cenizas era cuestión de voluntad y coraje.
Que sigues creyéndolo... para cuando la bota negra deje de pisar tu cabeza.
Invencible, cansado de la lucha, buscando recovecos por donde escabullirte para darle esquinazos a tu suerte.
Para burlarte, respirar hondo y hacerle una mueca.
Te queda la esperanza. Tu esperanza.
Todavía no te ha fallado, tu mejor amiga, o quizás la única.
Sin saber dónde vive, ni cómo se llama, ni cómo es... pero está contigo.
Ahora es primavera y empieza el verano.
Como siempre, y a contracorriente, el principio de año en tu alma.
Las uvas de los deseos con seis meses de retraso.
Cuando haces planes, cuando decides dejar atrás la vieja vida, cuando te vuelves joven y prometes mil cosas de futuro.
Cuando defiendes de ti mismo tu dignidad maltrecha.
Y juras y perjuras... agarrado de la mano de esa esperanza tuya.
Ánimo. No desfallezcas.
Vuelve a jurar y perjurar. Con uñas y dientes.
Enfádate... coño, lanza de nuevo el capote al aire.
Ponte el mundo por montera.
Este año pudiera ser.
Puede que vuelvas a sonreír de nuevo.












