
La enfermedad es esa compañera que nos amarga.
A nosotros o a los que queremos, nos borra la sonrisa y la libertad de emociones.
Es como un peñasco que se puso delante del camino y nos oculta la visión perfecta que íbamos teniendo de nuestro día a día, de nuestros proyectos e ilusiones, por pequeños que fueran.
Es el cuerpo que se rebela.
Que no permite ser dominado y que, rencoroso, disfruta con la revancha de tanta ira contenida.
Nos damos cuenta entonces de otra gran lección, que asumimos a base de guantazos.
Y es que no somos dueños de todo... ni de algo... ni de nada... ni de nuestro propio cuerpo.
Siempre he aconsejado y he defendido que ante ella sólo tenemos un arma, que no la vence (... o puede que sí), pero al menos la desquicia, la enfurece y la desinfla.
Es el arma de la fortaleza.
La fortaleza del espíritu, la alegría y la esperanza, que vencen como nadie al desánimo... y vencido el desánimo, vencida la victoria de la enfermedad.
Por eso sigo defendiendo esa tesis, por teoría y por experiencia.
Al final, siempre lo mismo.
Nosotros por encima de la creación, si somos capaces de entenderlo y de quererlo.
De levantarnos, de "mandar"... porque sí, porque así lo queremos y ordenamos.
La vida a nuestro servicio y no nosotros al suyo.
No sé con quien conversaba una vez cuando salió esta idea que repito tanto: vivamos la vida y no dejemos que ella nos viva a nosotros.
Y la enfermedad no deja de ser un grano en su cara... que puede aplastarse con la yema de los dedos.
Y que siga teniendo la cara bonita.
.

