
La vida nuestra tiene un sentido que no podemos apreciar con los sucesos cotidianos y ordinarios que nos acontecen. La sucesión de hechos simples que vivimos desde que amanecemos hasta que anochecemos cada día no la explican ni justifican. Son sólo el borde del camino, el paisaje que nos rodea y que vemos pasar según avanzamos sin detenernos. A pesar de que pueden envolvernos y conseguir ser el centro de nuestro pensamiento, de nuestra acción y nuestro argumento.
La vida tiene un sentido propio en sí misma.
Es un concepto y una realidad que poseemos desde que nos fue dada.
La vida somos nosotros. En nuestra más profunda vivencia. En nuestro profundo ser más íntimo.
Adornada con pétalos y espinas. Con días y noches. Con luces y sombras.
Pero los adornos no sirven, no explican ni fundamentan la existencia.
La existencia es el tronco, no las flores, ni siquiera la corteza.
Las flores embellecen, las espinas molestan, la corteza cubre, pero la vida es la esencia.
Nos dejamos cegar por las cunetas, sus colores, sus piedras, sus cardos, sus cerezas…
Y olvidamos la luz misma del camino.
La luz propia, nuestra luz… la que nos ofrecieron gratis cuando aquí caímos.
El regalo más hermoso y más grande… nosotros mismos, únicos, diferentes.
Unidos nuestro cuerpo y nuestra alma en un ser difícil, complejo y perfecto.
Vivir la vida mirando al frente.
Salir de esas cunetas y no perderse en pequeñeces.
No olvidar quienes somos… nosotros mismos, independientes.
No perder la vida, no perder el tiempo.
No agacharnos ni bajar la cabeza.
Puede ser el mismo sentido de la vida el motor que nos mueva.
Si somos capaces de no perder el horizonte.
Si miramos adelante con la mente abierta.
Si no nos ahogamos en angustias inútiles.
Si, con todas nuestras dudas, nos sabemos hombres y mujeres libres.
por haber encontrado el verdadero sentido a nuestra existencia.










