
A quienes me hacen sonrojar “aunkemeduela”.
A quienes se hacen querer sin quererlo.
Mil gracias.
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Aunque escuezas en el fondo del alma, aunque revuelvas la paz, aunque despiertes la noche, aunque rompas la calma, aunque duelas, ...tamen...

Como el mar con sus olas, arriba y abajo, avanzando hacia su destino para morir en las rocas o descansar en la playa.
Así camina
Así caminan los hombres que en ella habitan, sus sociedades, sus cuerpos y sus almas.
Y así camina el espíritu inquieto.
Épocas de abundancia y épocas de sequía.
Cuando todo mana a borbotones o cuando nada fluye... porque la madre tierra es fértil o porque está seca.
Sequía estéril, jirones y trizas de arena y polvo.
Porque se fue el agua. O porque se la llevaron.
Sequía de agua por los embalses muertos.
Pues aunque no lo creamos o tengamos empeño en no creerlo,
agazapados en la comodidad de un hueco tibio,
bebiendo las falsas gotas que inventamos para seguir viviendo...
Aunque la sequía que sufrimos sea hoy tan árida,
volverán las lluvias y las nieves,
volverán los ríos y las fuentes.
A pesar del pesimismo y a pesar del hombre, siempre vuelven.
Y volverá tu sonrisa, que es el mejor premio.
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Tiempos de espíritu perdido.
Retiro del alma, miedo a multitud.
Miedo a los cambios ajenos.
Soledad del alma oscura.
Soledad sin cielo.
Tiempos de cambio y de huida.
Espíritu inquieto y enfermo.
Renuncia a búsqueda y a lucha.
Inicio de cero.
Quietud y vuelta hacia dentro.
Corazón vacío.
Nuevos y viejos conocidos tiempos de cambio,
que hacéis el refugio más grande y más triste.
Más recuerdos, menos sueños.
Lacónicos tiempos de cambio, como este pensamiento.
Como el mar desde la orilla, como el valle desde el cielo.
Soledad contra universo.
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Esperamos mucho de los demás, ofrecemos poco.
Creemos que nacimos con un derecho universal e innato a ser servidos por los demás, a ser atendidos, respetados, e incluso admirados. A ser el centro de un círculo que nos rodea.
Por contra, creemos que los demás nacieron con una obligación universal e innata de servirnos y atendernos, de sufrir nuestros sufrimientos y aligerarlos, de vivir para ayudarnos y hacernos la vida agradable, de satisfacer nuestras necesidades y caprichos. De formar nuestro círculo.
Pensamos que nacimos marqueses, y los demás mayordomos.
Y en nuestro fuero interno, qué poco nos gusta aquél que no cumple sus deberes.
Que no está pendiente, que no adivina nuestros deseos y no los satisface, que no nos mira como debe.
Aquél que no nos adula, que no acepta nuestras decisiones con benevolencia, y no imagina nuestras necesidades más íntimas y escondidas.
Que no cumple su misión en la vida.
Cuánto cuesta encontrar al humilde.
No al humilde obligado o incapaz, falso humilde.
Me refiero a esa categoría de cualidad humana en hombres y mujeres, que llamo “humildad de nacimiento”, que se refleja en su cara, como refleja sus sentimientos y como refleja su inteligencia. Sí, su inteligencia.
Que nació con la certidumbre de que su vida es su batalla.
Que si otro le ayuda y le apoya, es su mérito, mérito del otro y no propio.
Y que si están con él y le buscan libremente es porque algo lo merece.
Es la gente que vive sin exigir, sin preguntar, sin presionar.
Que ofrece su ayuda sin que se le pida.
Que se retira sin más cuando no es bienvenido.
Que no guarda rencor si no es admitido.
Que entiende cuando no es entendido.
Es la gente que calla.
Que mira y hace más que habla.
Es la gente discreta que guarda su silencio.
Es la gente que, aún herida, respeta y entiende otros silencios.
Es la gente que distingue las pajas y las vigas.
Es la gente que quiero, la que merece la pena, la que me alegra por dentro cuando miro sus ojos limpios y brillantes, ojos como estrellas, la que me enriquece sin que lo sepa, la que guardo en el corazón más que en la cabeza.
Es la gente de la que intento aprender a salir de mi marquesado… mi propio marquesado de nacimiento.
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¿Por qué la obsesión de domarlos, por qué el empeño de meterlos en vereda, sin más, sin contagiar al mundo con sus valores?
¿Puede ser porque a nosotros ya nos han domesticado y vemos peligro en su libertad, porque creemos que tendrán más éxito con el yugo sobre sus hombros, en una yunta con la vida impuesta?
¿Acaso cortamos sus alas al mismo tiempo que su imaginación y su inteligencia por prudencia, por su propio bien?
No, no es por eso.
Vida, sangre a borbotones, amanecer, ilusión, sinceridad sin límite, esperanza sin límite, amor sin límite…
¿Abotonamos su cuello y borramos la sonrisa de sus labios, en bien de la seriedad del mundo, la eficacia, la eficiencia, la norma, la costumbre… el “orden social”?
No es por eso.
¿Por qué un mundo sin jóvenes?
Porque tanta ilusión y tanta “verdad” nos asusta. Nos levanta las faldillas del brasero. Nos mueve la conciencia agazapada en la madriguera. Nos quita la silla y nos obliga a levantarnos. Nos mete en los huesos el miedo al mundo fuera del rebaño.
Los jóvenes, de cuerpo y de alma, no son compatibles con las bolsas de valores, con los parlamentos de mentira, con la política de miniatura, con las clases establecidas, con el dinero de tantos bolsillos, con la pobreza de tantos otros, con el ordenado desorden social, con la justa injusticia…
Sus valores no interesan.
No quiero pensar en el veredicto de aquellos sabios demócratas, antiguos griegos juiciosos de lúcidas ideas y pensamientos, si pudieran levantar la cabeza y vieran en qué nos hemos convertido y en qué hemos convertido la sociedad que ellos empezaron a inventar. En qué hemos transformado la madurez que ellos respetaban. Cómo hemos desfigurado la enseñanza y el camino de los jóvenes. Y cómo hemos trocado sus ilusiones.
Queremos acortar el periodo fértil de la juventud.
Cada vez extendemos más la mano de la insensatez, la opresión y la falsa madurez sobre ellos (qué excusa, la madurez... ¡qué madurez la nuestra!)
¿A quién molesta tanto la juventud de las almas?
Porque si un joven decide seguir siéndolo toda su vida, se le recluirá sin remedio en el rincón de los locos y dementes. Porque el dinero y la vida fácil de algunos es posible con los borregos y difícil con las cabras locas.
La juventud molesta a los intereses y la juventud no tiene intereses. No sabe qué es eso.
Sólo tiene corazón.
Y por eso me gustan los jóvenes… por su corazón puro, corazón todo.
Rezo para que no desperdicien su vida.
Yo sé por qué me pueden llamar iluso e inocente... pero también sé por qué no descerebrado.
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Aprendiz de todo.
Sigo sintiendo en mi piel la túnica de aprendiz de la vida.
A pesar de conocer tantos aspectos de ella, de enseñar, de ayudar, de mostrar el camino a otros, de salir airoso de dificultades… me sigo sintiendo aprendiz.
Y ese sentimiento me mantiene vivo, porque mantiene una meta en mi mente y en mi inteligencia.
La meta que debo conseguir siempre y que nunca alcanzo.
La meta por la que lucho y me da fuerzas para seguir viviendo.
Una meta intangible, desconocida en su esencia, pero sentida día tras día… desde que una vez fui niño.
La sensación de que debo seguir aprendiendo no sé para qué.
Para llegar a conocer, conseguir y abarcar “la vida”. Sus pequeños detalles, sus trucos, sus problemas.
Con la idea utópica, infantil e ilusa, de que un día conoceré sus secretos y descansaré feliz.
Mientras tanto, sigo aprendiendo, y sigo enseñando lo aprendido.
Aunque algunos tengan la idea falsa de que ya sé mucho, o incluso de que ya sé todo, que confían en mí como si no pudiera equivocarme.
Porque ellos también van aprendiendo, y creen que quien les enseña algo, ya lo sabe todo. Como nos pasa a todos.
Y mientras tanto, mientras transcurren los años de mi vida, que ya van siendo muchos… sigo aprendiendo.
En cada cosa que hago, en cada empresa que empiezo.
No me canso, no termino nunca y no quiero terminar.
Mi imaginación y mi interés no tienen límite, de momento.
Me interesa aprender, quizás porque sigo teniendo esa sensación de que no sé nada.
Que soy un ignorante, que no he hecho nada más que empezar, que la vida me espera a lo lejos, que me falta tanto…
Pero estoy contento. No quiero tener el sentimiento feliz de la satisfacción, como tienen otros que han cerrado las puertas al conocimiento.
Esta sensación y estas ganas de dominar lo que se me ponga delante de los ojos, y hacerlo bien… me mantiene vivo y joven.
Así me siento… como hace unos años, cuando, adolescente, pensaba que toda la grandeza de la vida estaba delante de mí, esperando a que la descubriera.
Al cabo del tiempo he descubierto muy poco…. todavía me falta mucho, o todo, por descubrir.
Sigo siendo un aprendiz, y me sigue gustando.
Aprender… todo y de todos.
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Nos empeñamos en malgastar nuestro tiempo buscando conflictos artificiales, aparte de los conflictos que la propia naturaleza y la propia vida nos regala.
No somos lo suficientemente inteligentes como para dedicar nuestro esfuerzo a resolver los problemas que naturalmente se nos presentan y disfrutar de los momentos de paz que se intercalan entre ellos.
No entenderé a las personas con ese empeño.
El de buscar y buscarse problemas, iniciarlos o inventarlos.
Me pregunto qué placer se encuentra en eso, qué se gana creando un conflicto donde no lo había. Porque esa lucha con los otros no trae satisfacciones, a no ser la perversidad del sentimiento de verlos vencidos, angustiados o fastidiados.
¿Y qué sacan de eso? ¿Qué ventaja para sus propias vidas?
Un día, y otro, y otro, estrujando el cerebro para intentar conseguir el mal ajeno, supongo que con la única satisfacción de ver o de pensar que el otro sufre, o pierde, o, al menos, no está tranquilo.
Sin darse cuenta de que, al mismo tiempo, ellos están perdiendo su valioso tiempo, sin dedicarlo a su propio provecho, a su propia felicidad.
No lo entiendo, pero ellos tampoco lo entienden.
Por más que se les diga y se le explique. Sólo contestan… yo sigo adelante hasta el final, yo no me rindo. Pero ¿hasta qué final? ¿qué premio conseguirán?....
Me da mucha pena la sociedad, cada vez una parte más ancha de ella, perdidos en sus nimiedades, en sus peleas y luchas ridículas, sin pararse a pensar ni un minuto qué es su vida, qué van a hacer con ella antes de que se acabe.
Infelices... qué ganarán, qué perderán... como decía Aute.

Multitud de actos, deberes y necesidades.
Obligaciones extrañas, incomprendidas por absurdas,
habituales por deber, irrenunciables por temor.
Muchos tipos comparten el “grupo social”, pero dos hay contrapuestos:
Uno, inconformista, pensador, crítico, libre.
Otro, peluche feliz, hueco, acelerado, espectro.
Uno se levanta por la mañana pensando qué hará hoy o qué debiera hacer.
Cómo intentar ser libre en su propia libertad.
Cómo intentar que su trabajo valga la pena, aunque sólo sea para él mismo.
A quién dirigirse para ganarse o para perderse.
Qué recuerdos y qué futuro debe vivir hoy.
Otro se levanta sabiendo ya lo que hay que hacer.
Seguir la rutina diaria sin error ni retraso.
Seguir el trabajo de ayer, satisfecho igual que ayer.
Sonreír al resto de bustos sonrientes.
Su vida hoy, sin ayer ni mañana.
Ningún cómo, ningún qué.
Cómo se acuesta uno…
Satisfacción ignorante, sueño tranquilo, cara de ángel.
Cómo se acuesta el otro…
Duda creciente, inquietud de vida, desasosiego.
Y cuando ya es tarde, cuando falta tiempo…
la pregunta...
el ansia urgente de conocimiento…
o la huída fácil, la entrega ciega... sin pensamiento.
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Bienaventurados los raros, porque sólo ellos están vivos.
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La vida tiene un sentido propio en sí misma.
Es un concepto y una realidad que poseemos desde que nos fue dada.
La vida somos nosotros. En nuestra más profunda vivencia. En nuestro profundo ser más íntimo.
Adornada con pétalos y espinas. Con días y noches. Con luces y sombras.
Pero los adornos no sirven, no explican ni fundamentan la existencia.
La existencia es el tronco, no las flores, ni siquiera la corteza.
Las flores embellecen, las espinas molestan, la corteza cubre, pero la vida es la esencia.
Nos dejamos cegar por las cunetas, sus colores, sus piedras, sus cardos, sus cerezas…
Y olvidamos la luz misma del camino.
La luz propia, nuestra luz… la que nos ofrecieron gratis cuando aquí caímos.
El regalo más hermoso y más grande… nosotros mismos, únicos, diferentes.
Unidos nuestro cuerpo y nuestra alma en un ser difícil, complejo y perfecto.
Vivir la vida mirando al frente.
Salir de esas cunetas y no perderse en pequeñeces.
No olvidar quienes somos… nosotros mismos, independientes.
No perder la vida, no perder el tiempo.
No agacharnos ni bajar la cabeza.
Puede ser el mismo sentido de la vida el motor que nos mueva.
Si somos capaces de no perder el horizonte.
Si miramos adelante con la mente abierta.
Si no nos ahogamos en angustias inútiles.
Si, con todas nuestras dudas, nos sabemos hombres y mujeres libres.
por haber encontrado el verdadero sentido a nuestra existencia.